Como ocurre en los campos de nuestra campiña, aquí no hay riego programado. Caerá lluvia cuando Dios quiera. Eso sí, sus gotas siempre irán preñadas de flamenco. Mi deseo es que caigan en buena tierra que propicie el crecimiento (o nacimiento en su caso) de la afición a este singular arte de nuestra queridísima Andalucía.